miércoles, 16 de septiembre de 2009

lo pretérito

Ya qe nos has hecho desdichados, madre
Y enfermos de helicoidal penuria
Un poco de agua no caería mal no?
Si, fúnebres son las horas del necesitado
Ya no recuerda cuando niño golpeaba las escaleras de casa en busca de flores, resucitados ejercicios de inocencia.
Ahora estás grande ya, y tus glándulas crecen de una manera antes no concebida
Es como si de un momento a otro ya se te hubiera cansado la vida y el alma
Y los animales de tu carne repitieran solo un himno desastroso
Un poco de calma es menester
Seguridad
Un abrazo contundente

jueves, 26 de febrero de 2009

Ambulance Blues

Nan Goldin : Sharon in the river

¿Cómo es posible dejar de ser la sombra de uno mismo? Sombra, esa palabra que oscurece toda verdad dentro y fuera del hombre. Se camina a veces hacia ningún lugar, con una pesada carga en los hombros, la sonrisa viciada y flotante siempre, a la espera de despertar de algún modo. No todos los hombres tienen idea de la magnitud, peso, temporalidad de sus vidas. Van por ahí, rogando un poco de amor a los volcanes, intentando hacer. Hacer en el sentido práctico y simple de realizar acciones. Sin embargo, nadie que yo conozca busca, intenta, desea rehacer; es decir, mejorar lo que esta ya hecho, perfeccionarlo. Cada hombre tiene una historia distinta para cada par de ojos que lo miran y dibujan. Emmanuel Lévinas propone una ética del otro, soy yo en tanto el otro me hace ser, me ve y me describe con su mirada. Y sin embargo, ¿será posible que cada cual se vea a si mismo con los ojos del otro? Que el otro esté en uno mismo? Yo creo, a diferencia de los pensadores llenos de burdas palabras y frases intrincadas, que si, que cada uno en si mismo puede llegar a conocer lo que le falta y desapega. Que no hay marasmo del conocimiento si no en tanto no se mueve uno mismo según sus propias leyes y designios. Que el hombre sufre en demasía porque niega y se niega ante el dolor, y no lo acepta como consecuencia natural de un hecho terriblemente desfragmentador. Y que estarse quieto todo el día vale tanto como ir por el mundo asesinando gente, desestabilizando políticas, derruyendo contornos, amando cuerpos

No creo en el hombre salvo en aquel que se acepta a si mismo como carne y salvación.
No creo en el hombre excepto si lo veo desarmarse ante el llanto y la queja y ríe nauseabundo de éxtasis bajo el sopor aglutinante de una canción. El hombre frágil y pecaminoso, que se contradice apenas amanece con el día.
No pretendo una critica del sentido tanto como un dictamen de lo que sé que no llego a ser aun, preso de las leyes que yo mismo he aceptado y no puedo destruir, por pesadas y correctas. Algo queda siempre sin embargo: la poesía, las ideas puras que a decir de Cioran aun no han sido convertidas en ideología podrida por el alma del hombre enfermo. Queda algo de música también.
Y tu corazón en mis cabellos.

sábado, 21 de febrero de 2009

tres



Había iniciado el festival de verano con el mismo movimiento torpe de otros años. Como era nuestro deber para esos días, nos vestíamos con nuestras mejores ropas; casi dos horas me tomaba planchar y remendar los vestidos de las nenas. Luego,como cada año, embalsamarlas de perfume y peinarlas, anudar sus cabellos rojizos iguales a los de su madre en textura y color, su madre que en paz descanse; frente y cuellos bien limpios y relucientes como amerita el día. No, así no va esa tira para los zapatos, el vestido amarillo queda mejor con esta otra bincha de metal, que los juguetes estan tirados en el suelo y nadie los recoge. El sol nos aguardaba afuera, cálido, macilento, como una fruta terrible a punto de ser devorada. Recuerdo haberlos visto pasar por el lado más lejano de la avenida mientras tomaba un poco de agua. Si, allá iban ellos también por fin, agrupados y lentos como sólo saben moverse los enjambres hambrientos, los roedores, los asesinos silenciosos. Esta vez no pasará nada oye, no siempre las cosas se repiten y además somos los 3 juntos desde el día que tu madre no supo regresar de la marea, que te calles nomás. Fuera brillaban los árboles y el festivo cantar de los desfiles perforaba los oídos; sin embargo era hermoso ver como una tras otra salían las bestias de sus carruajes, vociferando, alabando al sol; los semidioses desnudos y ciegos, las grandes construcciones piramidales llenas de globos y trompetas de plástico. Y nosotros ahí de pie, inmóviles y suaves, casi huyendo de ellos, escondiéndonos tardíamente, calladamente, disfrutando y a la vez temerosos de ser vistos, que esta vez no podamos aprovechar el tumulto, que nuevamente el cuchillo no separe esa carne de sus cuerpos; y tengamos que volvernos así a casa, vacíos, con el invierno en nuestras caras y sin nada que comer en la fría temporada…